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Advierte feminicida que ‘seguiré matando mujeres’

De hablar tranquilo, seguro y buena dicción, Juan Carlos “N”, quien podría ser el mayor asesino serial en la historia criminal de México, ante un especialista del penal de Chiconautla, Estado de México, dio a conocer más piezas de su intrincada personalidad, así como el motivo por el que mató a por lo menos 10 mujeres a lo largo de seis años, luego de ser abandonado por su esposa y maltratado de niño por su madre.

“No estoy loco. Pero eso sí le digo, si logro salir de esta, seguiré matando mujeres”, porque las odia y le molestan que respiren el mismo aire, “por lo que prefiero darles de comer su carne a mi perritos y a las ratas, a que sigan vivas”, sostuvo sin la menor culpa o remordimiento.

Durante una entrevista difundida esta tarde por las redes sociales, a lo largo de 12 minutos con ocho segundo, el presunto feminicida mostró una faceta más de por qué asesinó a por lo menos 10 mujeres, de las que abusaba sexualmente ya muertas, para luego destazarlas, comer su carne y vender los huesos “a alguien”.

-¿Tienes alguna otra misión en la vida? –preguntó un sujeto vestido de blanco, quien no logra identificarse, aunque se intuye que es psicólogo o criminólogo de ese penal, donde ingresó una vez que concluyó el término legal para retenerlo.

A lo que Juan Carlos, esposado y la misma vestimenta con la que fue capturado el jueves pasado, mira con tranquilidad a su interlocutor, para responderle:

“Mire patrón, lo que si le digo es que si logro salir de esta, voy a seguir matando mujeres”, sostiene sin despegar la mirada al especialista, quien opta por desviar la suya para ver el cuaderno donde lleva anotadas las preguntas.

-¿Pero lo hace por usted, por la voz que dice escuchar, por Dios o por qué?

-Mire, uno, porque no me deja dormir; dos, por el odio; y tres, por necesidad –dice como niño travieso.

-¿Cuándo ocurrió lo de Mónica (su esposa), te deprimiste?

-No. Lo que pasó es que no me hicieron caso, patrón. Los policías, no ustedes –dirigiéndose a los que están atrás de la cámara--, se burlaron de mí. Me dijeron que se fue con otro, que ese niño no es tuyo, ya deja de moverle güey. Y otras cosas.

-¿Pero no recibiste atención médica?

Sin responder, Juan Carlos traga saliva y clava la mirada en el piso y entre sollozos sólo mueve negativamente la cabeza.

-¿Estuviste triste, llorando, angustiado?

Pero el sujeto evade la respuesta. Se acomoda por enésima ocasión en la silla de oficina donde está sentado, evidencia resequedad en la boca y, pese a las “esposas”, se rasca la cara para responder:

“Maté a esas mujeres, porque me dije, si no fui feliz en su momento, pues nadie lo va a ser. Y mientras siga aquí en la tierra, nadie va a ser feliz, pero divirtiéndome.

Luego de una breve pausa, remojándose los labios, continúa:

“Además, a todos los familiares (de las mujeres que asesinó, abusó sexualmente y desmembró) les hablé para decirles que me chingué a su hija y a su nieta. Y con todo gusto lo disfruté. Mientras yo esté aquí, voy a seguir así”, destacó como si dialogara con alguno de sus amigos o con su nueva esposa, Patricia “N”, con la que durante seis años fue su cómplice y con la que fue detenido cerca de su domicilio, ubicado en la colonia Jardines de Morelos, Sección Playas, municipio de Ecatepec.

-¿Cuánto tiempo pasó de que se fue Mónica (su primera esposa, por la que comenzaron los crímenes) y causó todo esto?

-Pues como dos semanas –respondió sin la intensión de agregar algo más, para clavar la mirada en el piso y poco faltó para que estallara en llanto.

-¿Después cómo estuviste? –contratacó el especialista, a fin de que el sospechoso no dejara de hablar, como ya ocurrió otras veces tras su captura.

-Estoy bien. Estoy bien –dijo con tranquilidad--. Aunque el mundo es una porquería –añadió con pícara sonrisa.

-¿Qué estudiante? –pregunta el médico, pues inicialmente el detenido presumió estudiar en la Universidad CNCI, sin precisar la carrera.

-Fui al kínder –responde de inmediato--, luego a la primaria. Pero después, como a los 10 años, me caí de la escalera. No sé si se me hinchó el pinche cerebro o no sé, porque a partir de ahí me hice más listo. Nunca reprobé, pero desgraciadamente era muy canijo, aunque era muy bueno en matemáticas.

-¿Pero acabaste la carrera? –insiste al especialista, con la intención de que ubique si en realidad estudiaba una licenciatura.

--No lo sé –responde secamente.

-¿Sólo te gustan las mujeres? –dice el médico, lo que provoca que Juan Carlos vuelva a mojarse los labios y se acomode en la silla, para luego tocarse la cara por enésima ocasión.

-Exacto.

-¿Cuántas novias tuviste?

-Muchísimas –responde levantando el pecho--. Hasta los 22 años tuve muchas. Después para acá sólo me dedique a la madre de mi hijo.

-¿Con cuántas tuviste relaciones?

-Con muchísimas.

-¿Abusaron de ti?

-De joven, de niño, como a los 10 años. Mi mamá me encargaba con una mujer, mientras ella se iba de puta –responde con la mirada puesta en el infinito--. Esa mujer me la chupaba, se subía, me hacía hacerle cosas que como niño me desagradaban bastante (y acercándose al entrevistador, no permite escuchar lo que le dice).

Regresa a su asiento y retoma la postura, como de alguien importante que es entrevistado por los medios de comunicación, para añadir:

“Mi mamá también andaba de puta. La veía con otro güey. Veía como le abrían las piernas, como la ponían de a perro, la oía como hacía sus ruidos. Y mi papá trabajando, o parecía que no le desagradaba. Mi papá estuvo de mandilón con ella, pues mi mamá intentó navajearlo, picarlo, acuchillarlo y yo veía todo. Cómo podía defenderlo, si no podía”.

Sin abandonar la mirada perdida y como muñeco de ventríluco, sin gesto alguno, destacó:

“De allí me dije: Cuando sea grande no iba a permitir que una pinche vieja me hiciera eso jamás”.

-¿Desde qué edad comenzaste a trabajar?

-Me salí de casa a los 16 años. Tuve varios trabajos ocasionales, pues los dejaba. Era muy inestable, güevón. Mi esposa (Mónica), la conocí en un bar. La saqué de ahí, pues me la chingue en ese bar. Pero ella me dijo que sólo quería coger conmigo. A punto estuve de romperle la madre antes de que fuera mi esposa. Me hizo la noche, me hizo reír, uf (señala con una risa nostálgica, como de enamorado). Se parecía tanto a ella (dice sin precisar a cuál de sus víctimas). Se parece tanto a ella (señala casi con llanto).

-¿Y ella cómo se llama?

-No sé --comenta con balbuceos e inentendible--. Se parece mucho.

-¿Antes tuviste problemas legales?

-Fui muy cuidadoso –retoma su actitud fantoche--. En una ocasión me agarró con una navaja una patrulla municipal en las Playas. Andaba con la navaja porque quería picar a cualquier cabrón que se me pusiera enfrente, que me la hiciera de peso. Pero antes de hacerlo, pues me agarraron. Me presentaron en el Sevetis, donde llegó mi mamá, pagó la multa y para afuera.

-¿Practicabas algún deporte, alguna actividad?

-Sí señor –dice con orgullo el que podría ser el mayor asesino serial en la historia criminal de México--. Practiqué box, karate, kick boxing.

-¿Has estado hospitalizado?

-Sólo de niño, por un mes, cuando me caí. Sólo esa.

-Te dijeron si perdiste el conocimiento con la caída?

-Todo me lo platicaron –comenta con titubeos, como midiendo en no caer en mentiras--. Me explicaron que fue un accidente. Me dijeron que caí del segundo piso y golpee la cabeza con el concreto. Y esta tapa que ve –dice mostrándole a su interlocutor--, donde está la cicatriz, hubo exposición craneal. Estuve un mes internado, con inyecciones y todo el procedimiento. Y después mucho cuidado. Incluso, creyeron que iba a quedar más pendejo de lo que estaba –sostiene sonriente.

-¿Pero te ayudó en la escuela, no?

-Es cierto –responde sin perder la jovialidad--. Me alivianó. Me ayudó mucho.

-¿A qué edad comenzaste a consumir alguna sustancia y qué fue?

-Alcohol, como a los 17 o 18 años.

-¿Cuánto llegaste a consumir?

-Dos botellas del Rancho (tequila de baja calidad y muy barato), porque nada me hace. Tomo Rancho o Tonaya, nada más. Pero no tomo cerveza, porque me pone hasta la madre.

¿Cuándo fue la última vez que tomaste?

-Hace como tres meses. Casi no tomo. No tomo, no fumo, no me drogo. Mi sangre está totalmente limpia.

-¿Alguna vez probaste alguna sustancia?

-Sí, de morro (niño). Activo, una vez un cigarrillo de mariguana. Y en el Ejército me dieron a probar cocaína. Y eso fue una prueba, pues me dijeron que si quería saber que estaba combatiendo, debería probarla. Y lo hice.

-¿Tienes alguna molestia en el cuerpo?

-Siempre me duele la cabeza –responde de inmediato llevándose las manos “esposadas”--. Me molesta. Siempre me molesta ver a un perrito negro atrás del cancel. Es lo que veo y me purga –dice con coraje--. Se lo dije a mi esposa, pero no lo veía.

-¿Y ese perrito ha crecido? –pregunta el especialista conteniendo la risa.

-No, siempre es igual. Se lo dije a mi esposa –repite--. No estoy loco. Yo lo veo. Es un perrito negro. Ahí está –señala con la vista, para que el médico lo vea--. Incluso, donde trabajaba les decía que le daría agua al perrito, pero me molestaba cuando me decían: ¿Cuál perrito, güey? Pero estoy bien. Pero siempre está ese pinche perro. No me molesta que me diga güey, porque mi cabeza no da para eso. Me oculté muchos años de la policía, pero veía a ese perrito negro. No pasaba de que me dijeran que era un pinche loco y pendejo.

Sin embargo, el especialista denotó cansancio en Juan Carlos, por lo que dio por terminada la entrevista. A lo que el sospechoso le agradeció la atención, “porque me gusta mucho que me escuchen”, dijo para de inmediato desaparecer la grabación, la cual cerca de las 21:15 horas fue bajada de las redes sociales.

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